Cristo — la Palabra, la Verdad y la Vida, inmolado desde la fundación del mundo.
Antes de hablar de la ley, debemos entender: el fundamento de todo es Dios mismo. El apóstol Juan escribe: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1). Cristo no es parte de la creación. Él es el engendrado del Padre, mediante quien todo fue hecho.
Además, la Escritura revela un misterio asombroso. Apocalipsis habla del Cordero que fue inmolado desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8). Para Dios, el sacrificio de Cristo no fue un «plan de respaldo» después de la caída. Fue concebido antes de que existiera el primer hombre. Cristo mismo dice: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14:6). La ley fue dada por medio de Moisés, pero la verdad y la vida eterna vinieron mediante Jesucristo (Juan 1:17).
Si Cristo es la realidad misma, entonces la Ley de Moisés fue solo su imagen y sombra.
La ley — solo una sombra de los bienes venideros.
El autor de Hebreos llama directamente a la ley del Antiguo Testamento una sombra: «La ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede hacer perfectos a los que se acercan» (Hebreos 10:1). La sombra no es la realidad misma — es solo un silueta que apunta a un objeto real. La ley, como sombra, señalaba a Jesucristo.
Esto se confirma con el mandato de Dios a Moisés: «Haz todo conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte» (Éxodo 25:40). El tabernáculo mismo y sus rituales son copia y sombra de lo que existe en el mundo espiritual, no el original (Hebreos 8:5). Los sacerdotes servían «a la figura y sombra de las cosas celestiales». Celestiales, es decir, espirituales.
Así como los sacrificios y las fiestas, que eran imágenes y sombras, se convirtieron en sustancia en Cristo.
Aquí hay varios ejemplos claros:
Ley de Moisés (sombra) Cumplimiento en Cristo (verdad)
El cordero pascual (Éxodo 12) «El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29) se convirtió en la sustancia en Jesucristo.
La serpiente de bronce (Números 21) «Es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado» (Juan 3:14) — victoria sobre el pecado y la muerte mediante la fe en Cristo.
El maná del cielo (Éxodo 16) «Yo soy el pan de vida» (Juan 6:48) — revelación de Dios o la Palabra de Dios; Jesucristo es el verdadero pan que descendió del cielo y da vida eterna.
El sumo sacerdote (Levítico 16) «Cristo, Sumo Sacerdote de los bienes venideros» (Hebreos 9:11) — intercede por nosotros en el verdadero tabernáculo celestial delante de Dios el Padre.
Cada imagen de la ley señalaba a la Persona y la obra de Jesús.
El sábado como imagen: de un día de la semana al reposo eterno.
Esta es una de las transiciones más importantes de la sombra a la sustancia. El cuarto mandamiento prescribía: «Acuérdate del día de reposo para santificarlo… no hagas en él ninguna obra» (Éxodo 20:8-10). Pero ya el profeta Isaías dice: «Si llamas al sábado delicia… entonces te deleitarás en el Señor» (Isaías 58:13-14). No se trata de un reposo mecánico, sino del estado del corazón.
El Nuevo Testamento revela que el sábado era solo una sombra. Pablo escribe: «Nadie os juzgue en cuanto al día de reposo… lo cual es sombra de lo por venir, pero el cuerpo es de Cristo» (Colosenses 2:16-17). Y el autor de Hebreos explica: «Queda un reposo para el pueblo de Dios» (Hebreos 4:9). Es decir, los creyentes deben entrar en el verdadero reposo, del cual el sábado semanal era una imagen.
Este es un reposo espiritual en Dios y en su reino. Este reposo es otorgado por Dios mismo. Dios mismo te introduce en su reposo, y en su reino no habrá enemigos que te ataquen, y todas tus necesidades serán suplidas por Dios para que no tengas nada de qué preocuparte. Así como Dios prometió a los israelitas introducirlos en la tierra prometida que fluye leche y miel — siendo la tierra prometida una imagen del reino celestial — donde no habría enemigos ni falta de provisión, y Dios mismo cuidaría de ello. Dios mismo introduce en el reposo que Él mismo provee.
Cristo es el «Señor del sábado» (Mateo 12:8). Cristo reinará en el reino milenario en la tierra y en el reino celestial por toda la eternidad. Por tanto, Él es el Señor del reposo o del sábado. Él mismo es nuestro verdadero reposo. Si hemos entrado en Él, nos hemos unido a Él y hemos entrado en su reino, entonces hemos recibido el reposo de Dios en Cristo.
Alimentos puros e impuros: imagen de la pureza espiritual.
La Ley de Moisés dividía estrictamente los animales en puros e impuros (Levítico 11). El cerdo, el camello, la liebre y ciertos peces eran «abominables».
Hoy muchos enseñan que la comida impura simplemente significa carne que es insalubre.
Pero ¿por qué Dios entonces no prohibió también el consumo de plantas, frutas, bayas y hongos dañinos o venenosos?
¿Por qué sería insalubre la carne de conejo, cuando según los nutricionistas es apta para dietas?
Esto era una sombra que señalaba a una realidad espiritual: la separación de lo santo y lo pecaminoso.
Pero cuando llegó la verdad, la sombra desapareció. En la visión de Pedro, Dios dijo: «Lo que Dios limpió, no lo llames común» (Hechos 10:15). Pablo explica: «Todo es limpio» (Romanos 14:20). Sin embargo, la esencia de esta imagen permanece — pero ya no en relación con la comida:
«No lo que entra en la boca contamina al hombre; sino lo que sale de la boca… Porque del corazón salen los malos pensamientos» (Mateo 15:11, 19).
Una persona «pura» no es la que observa restricciones dietéticas, sino aquella cuyo corazón es purificado por la fe. La imagen (ley dietética) señalaba a la sustancia (pureza del corazón).
Cristo es el fin de la ley para justicia.
Pablo pronuncia una frase clave: «Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree» (Romanos 10:4). ¿Qué significa esto? No destrucción, sino culminación — el cumplimiento de su propósito. La ley fue nuestro ayo para llevarnos a Cristo (Gálatas 3:24). Mostraba el ideal que el hombre no podía alcanzar por sí mismo, por su propia carne y sabiduría.
Ahora la justicia no viene por guardar reglas, imágenes y sombras, sino por la fe en Aquel que es la Verdad. Cristo no solo explicó la ley — la cumplió como la sustancia venidera, el fin de la ley (Mateo 5:17).
La ley condenaba y mataba, pero no cambiaba el corazón.
Pablo describe honestamente la impotencia de la sombra: «No entiendo lo que hago… el querer el bien está en mí, pero no hallo la manera de hacerlo» (Romanos 7:15, 18). La ley, siendo santa, no podía dar poder. Solo «mataba» (2 Corintios 3:6), porque producía ira y condenación (Romanos 4:15). Así como una sombra no puede alimentarte ni darte calor, la ley no podía cambiar la naturaleza interior del hombre. Era un espejo que mostraba la suciedad pero no podía limpiarla.
Conclusión principal: las imágenes de la ley se convirtieron en sustancia en Cristo.
Hoy, el creyente no ofrece corderos sacrificiales — porque el Cordero de Dios ya ha venido. No guarda el sábado como un día de la semana — porque ha entrado en el reposo eterno en Cristo. No divide los alimentos en puros e impuros — porque Dios ha limpiado todo, y la verdadera impureza está en el corazón.
Cristo no es una de las imágenes. Él es la Verdad, la Palabra y la vida eterna. Y la Ley de Moisés fue solo una sombra de los bienes venideros. Y cuando ha llegado la sustancia de las cosas — Cristo — ya no es necesario aferrarse a la sombra. El fin de la ley es Cristo, y en Él hay perfecta libertad y vida.


